Pianistas en estrépito y fuga
Leticia Hernando

Novela

Con Ilustraciones de la autora.

“Te agitabas por alcanzar mi botella y gritabas invitándome a pasar:

-La catedral gótica, niña. La catedral gótica -agarraste la botella y entramos.
(Me senté en el piso entre partituras y el hambre de las hormigas.)
-Bach, niña. ¡Bach! ¡Escucha!
Las notas se caían. Un estrépito fue la fuga.
(El pianista, anoche, murió.)
Tumba de vientos y tambores en la calle Corrientes. Tarqueada y ginebra en el Abasto…”
En Pianistas se produce en el libro, en su música, la palabra que sana.
Pero que tal vez primero destruye (…)
¿Qué es? ¿Una epopeya? ¿es un libro de música?
Eso y también un pentagrama donde caminan las hormigas.
Es una obra de teatro.
Es un oratorio, una casa de oraciones, de sonido y furia (y se escucha el grito del idiota)…

Iba leyendo y me surgía: aquí hay una trampa, como la trampa del deseo, como que se nos muestra que el deseo es un oximorón y donde las palabras provocan su aliteración para aumentar en la tragedia la dicha (y también me he reído, como quien advierte que cae en la trampa y que gracias a eso, y aunque sea el último instante, se le revela algo que, por supuesto, como a cualquier silueta que llevamos adentro, se le fuga, se le escurre como un clamor, un ruego en el momento inoportuno y repetido…

 

Pianistas en estrépito y fuga

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-La catedral gótica, niña. La catedral gótica -agarraste la botella y entramos.
(Me senté en el piso entre partituras y el hambre de las hormigas.)
-Bach, niña. ¡Bach! ¡Escucha!
Las notas se caían. Un estrépito fue la fuga.
(El pianista, anoche, murió.)
Tumba de vientos y tambores en la calle Corrientes. Tarqueada y ginebra en el Abasto…”
En Pianistas se produce en el libro, en su música, la palabra que sana.
Pero que tal vez primero destruye (…)
¿Qué es? ¿Una epopeya? ¿es un libro de música?
Eso y también un pentagrama donde caminan las hormigas.
Es una obra de teatro.
Es un oratorio, una casa de oraciones, de sonido y furia (y se escucha el grito del idiota)…

Iba leyendo y me surgía: aquí hay una trampa, como la trampa del deseo, como que se nos muestra que el deseo es un oximorón y donde las palabras provocan su aliteración para aumentar en la tragedia la dicha (y también me he reído, como quien advierte que cae en la trampa y que gracias a eso, y aunque sea el último instante, se le revela algo que, por supuesto, como a cualquier silueta que llevamos adentro, se le fuga, se le escurre como un clamor, un ruego en el momento inoportuno y repetido…